logo.gif (30358 bytes)                  Revista Nº1
Tema central

Córdoba, el vientre de la rebeldía

WB01372_.gif (406 bytes) Suscripción
WB01372_.gif (406 bytes) E-mail
WB01372_.gif (406 bytes) Números anteriores
WB01372_.gif (406 bytes) Staff

 linea.jpg (874 bytes)

EL MUNDO EN LOS SESENTA

La política, la economía, la resistencia y la militancia en un tiempo donde el obrero y el estudiante dieron fuertes cimbronazos al sistema imperante. En medio de un Estado de Bienestar en decadencia la insurgencia florecía en todo el mundo en respuesta a las intervenciones en Santo Domingo, Argelia, el Congo y Vietnam. Las calles de las ciudades se llenaban de protestas y los campos de Indochina ardían con napalm.

"Pai, afasta de mim ese cálice
de vinho tinto de sanghe"
Chico Buarque (Cálice)

"Una tuerca, un culo; una tuerca, un culo; una tuerca....."
Gian Maria Volonté, en "La clase obrera va al paraíso"

Patrice Emery LumumbaCuando Juan Carlos Onganía asumió de facto el poder político en la Argentina, se hallaban en pleno desarrollo las tendencias --subterráneas o ya emergentes-- que llevarían al estallido que sacudió al mundo entre fines de los 60 y comienzos de los 70.

La Guerra Fría daba paso a la distensión; la Unión Soviética, tras 40 años de stalinismo, había roto su aislamiento y fortalecía sus vínculos con el Movimiento de Países No Alineados; China era admitida en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y los Estados Unidos eran los garantes indiscutibles del capitalismo mundial, prestos a intervenir militarmente en cualquier lugar del planeta.

El Occidente desarrollado disfrutaba las formas del Estado Social (o Estado Benefactor) con que había respondido a la influencia de la Revolución Rusa y al fantasma que recorrió Europa hasta la Segunda Guerra Mundial.

Italia, Francia, Inglaterra, los Países Bajos y del norte europeo habían dejado atrás el tremendo dolor social de la acumulación capitalista de antes y después de la guerra. En los EE.UU., aunque ya declinaban los efectos de la "década de oro" de los 50, aún se vivía bajo la sensación del progreso infinito, el sueño del american way of life que el Apolo en la luna había renovado.

El keynesianismo, que trajo la planificación normativa del desarrollo económico, la intervención activa del Estado en la relación entre el capital y el trabajo y la redistribución del salario social, era la fórmula que parecía alejar no sólo al comunismo sino también a la amenaza que latía en las entrañas mismas del sistema: las crisis cíclicas del capitalismo, la última de las cuales, el crack de 1930, había dejado una profunda huella en el mundo desarrollado.

Sin embargo, ya a mediados de los 60 el modelo basado en la planificación económica, el Estado Social y la producción fordista comenzaba a ser cuestionado por los poderes económicos. El descenso en la productividad --que entrará francamente en picada en los 70-- preocupaba ya a Europa y a los EE.UU.

Pero la fuerza de los sindicatos y, sobre todo, la politización de la economía, configuraban una poderosa oposición. Al fín y al cabo, el Estado Social había integrado la lucha de clases a su propio seno y era un campo donde ésta se libraba.

Los nuevos actores sociales

Charles Chaplin en Tiempos Modernos.Las políticas keynesianas, basadas en el crecimiento del mercado interno, habían configurado un actor social paradigmático: el obrero fordista, al mismo tiempo productor y consumidor de lo que producía. Charles Chaplin lo retrató genialmente en "Tiempos Modernos", caricaturizando los efectos de la línea de montaje y la producción continua en el trabajador.

Es el obrero masa, compañero del otro actor social típico de los 60: el estudiante universitario, que había dejado de pertenecer a una elite y cuyo número había crecido enormemente con la extensión de la escolaridad gratuita y el explosivo aumento de la matrícula: la famosa "inflación de títulos" --son los diplomas quemados por los estudiantes en las barricadas de París-- que describió Rossana Rosanda al referirse al contexto del mayo francés y del otoño caliente italiano.

Ambos, el obrero fordista y el estudiante masa, serán los actores centrales del movimiento social de fines de los 60 y principios de los 70. Serán, también, los protagonistas del Cordobazo, hijos, al fin y al cabo, del mismo modelo de acumulación capitalista que, junto con las transnacionales de la industria, había llegado a los países dependientes.

A ellos se agregaba otro sector, el de los intelectuales críticos, constructores del discurso contestatario. En una época en que los gestos tenían una enorme fuerza moral, Jean Paul Sartre había rechazado el Premio Nobel de Literatura en 1964.

En Francia, Michel Foucault ya denunciaba la presencia de los mecanismos del poder en el interior de las instituciones. En el santuario de La Sorbona, dos historiadores de enorme prestigio, el gaullista Fernand Braudel y el marxista Pierre Vilar, coincidían en el repudio a la política colonialista de Francia y, en los EE.UU., Harvard y Berkeley encabezaban la resistencia a la intervención de su país en Vietnam.

En el campo del marxismo, el rescate de los teóricos de la Escuela de Frankfurth y de Antonio Gramsci, que había renovado la teoría marxista del Estado, replantearon un debate obturado por el dogmatismo.

Violencia económica y terror militar

Afiche del Mayo Francés.A extramuros del Estado Social, la crisis de dominación -que abarcaba tanto al mundo capitalista como al socialista- impregnaba la década y, desde la periferia, los movimientos de autodeterminación cuestionaban tenazmente el reparto del mundo que habían sellado Yalta y Bretton Woods al final de la Segunda Guerra.

En tres hechos de significación diversa, la Unión Soviética había enviado los tanques del Pacto de Varsovia a Budapest en 1956; doce años después, esos tanques acabaron con la primavera de Praga y, en China, Mao Ze Dong había lanzado los guardias rojos contra la vieja burocracia del partido y el Estado durante la llamada Revolución Cultural.

En los EE.UU, la rebelión negra de Malcom X, Stokeley Carmichael y el pacifista Martin Luter King convulsionaban el corazón del Imperio, mientras el contestatario movimiento hippie se burlaba de los íconos más reverenciados del american way of life.

Entretanto, al largo saqueo colonialista, que en muchos países de Africa, Asia y América latina había dejado sólo la tierra yerma, se agregaban nuevas formas de dominación mientras continuaba el intervencionismo de las grandes potencias.

Ya se tratara de la ocupación militar y política directa o del sostenimiento de gobiernos nativos títeres -civiles o militares- o, como en el caso argentino, de la imposición de un modelo económico dependiente a través de las clases dominantes locales, la violencia económica y el terror militar laceraban los pueblos del Tercer Mundo.

¨Padre, aparta de mí este cáliz¨

Desde la década anterior, los movimientos de liberación nacional en las colonias y semicolonias de Asia y Africa avanzaban con suerte dispar. Tampoco América latina tenía tregua.

En Cuba --cuya revolución era una espina clavada en el flanco sur de los Estados Unidos--, Angola, Mozambique, el Congo, Puerto Rico, El Salvador y muchos más, la lucha se libraba con distintos contenidos ideológicos pero con una sola demanda: la autodeterminación económica y política.

El Che Guevara, Fidel Castro, el congoleño Patrice Lumumba, el brasileño Carlos Marighela, el uruguayo Raúl Sendic, el colombiano Camilo Torres, los puertorriqueños Lolita Lebrón y Rafael Cancel Miranda, el mexicano Lucio Cabañas, el venezolano Douglas Bravo, el guatemalteco Yon Sosa, eran los continuadores de la larga gesta de Emiliano Zapata, Juan Antonio Mella, Augusto César Sandino, Farabundo Martí, Pedro Albizu Campos, entre otros patriotas y revolucionarios del sur del Río Bravo.

La insurgencia de América latina, mil veces ahogada y otras tantas renacida, cuestionaba la hegemonía estadounidense y amplificaba la denuncia antimperilista. Ya en 1961, John Kennedy había lanzado la Alianza la Alianza para el Progreso, destinada a atenuar los conflictos y asegurar la gobernabilidad en el subcontinente.

Más de un centenar de intervenciones militares de los EE.UU. en América latina, desde principios de siglo en adelante, habían sido acogidas en silencio por las otras potencias.

Sin embargo, cuando 15.000 marines desembarcaron en Santo Domingo en 1965 para imponer un gobierno títere de Washington, la indignación recorrió el mundo. Pero fue su intervención en Vietnam, verdadero escándalo moral, lo que desató un vasto movimiento social y político que, desde los propios EE.UU., desnudó ante propios y ajenos la iniquidad de esa intervención.

El napalm, los bombardeos masivos, el tormento y el asesinato, el terror, en fin, se volvían progresivamente en contra de sus ejecutores. En la conciencia de los pueblos civilizados, la modernidad tornaba insoportable el horror de Argelia, Vietnam, el Congo.

En el marco de la Guerra Fría, el fantasma de la revolución parecía provenir menos del proletariado de los países industrializados que del sur del planeta, la tierra de los postergados, allí donde se encontraron --de manera no siempre fácil-- el socialismo y el nacionalismo revolucionario o populista. También el cristianismo, que recuperaba la milenaria opción por los pobres, concurrió a ese encuentro de la cuestión nacional con la cuestión social.

Poco años después, a la rebelión anticolonial y antimperialista se agregará la acción directa de los nuevos actores que, tanto en el corazón de los países centrales como en naciones dependientes, cuestionarán en las calles el orden social en los 70.

Dardo Castro


Más artículos Nº1: I Iconos: 2CV: proletario y combativo, por Orlando Rígoli I El mundo en los sesenta, por Dardo Castro I Córdoba, el vientre de la rebeldía, por Angel Stival y Juan Iturburu I La Hoguera tucumana, por Héctor Marteau I Julio Cortázar: El Cronopio Rebelde I


Buscar:

I Suscripción I E-mail I Números anteriores I Staff I Webmaster I

Revista Nº 11 Revista Nº 10  Revista Nº 9  Revista Nº8  Revista Nº7
Revista Nº6 Revista Nº5 Revista Nº 4   Revista Nº 3  Revista Nº 2 Revista Nº 1