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Córdoba, el vientre de la rebeldía

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Córdoba, el vientre de la rebeldía *

El gobierno militar se daba el lujo de tratar con indiferencia y desdén la resistencia estudiantil, mientras el general Onganía se obstinaba cada vez más en sus planes corporativistas en lo político y desarrolllistas en lo económico. Un análisis exhaustivo y detallado de la agitación estudiantil y obrera en los años anteriores al Cordobazo, los protagonistas y la trama sindical de cada conflicto.

Córdoba. El vientre de la rebeldía.Cuando el 7 de setiembre de 1966 las balas policiales abatieron a Santiago Pampillón en la cordobesa avenida Colón, frente a la galería Cinerama, agonizaba la huelga general por tiempo indeterminado que el movimiento estudiantil había elegido como respuesta a la intervención a las universidades, una de las primeras disposiciones del golpe militar que Juan Carlos Onganía encabezó el 28 de junio de 1966.

La muerte de Pampillón --que esa misma noche anunció dramáticamente el periodista Sergio Villarruel desde el canal televisivo de la Universidad de Córdoba, y que la policía tardó cuatro días en confirmar-- reavivó el fuego de la lucha estudiantil que, hasta ese momento, ni siquiera había conseguido los fines de recambio interno en el gobierno que perseguían algunas de las fuerzas políticas que la impulsaban.

Pero ese crimen atroz, cuya víctima se transformaría en un símbolo por su doble condición de obrero y estudiante, fue el inicio de un camino que, menos de tres años después, el 29 y 30 de mayo de 1969, desembocaría en la batalla de dos días entre el pueblo cordobés y la policía que pasó a la historia con el nombre de Cordobazo.

El gobierno militar se daba el lujo de tratar con indiferencia y desdén la resistencia estudiantil, mientras el general Onganía se obstinaba cada vez más en sus planes corporativistas en lo político y desarrollistas en lo económico. Pero el movimiento obrero preparaba una sorpresa tan grande que, aunque tardó en manifestarse, sería el tiro de gracia para las fantasías mesiánicas de la dictadura.

Si la bocanada de fuego arrasó con el autismo de Onganía y su delirante plan de darse un tiempo para lo económico, otro para lo social para llegar, por fin, a un lejano tiempo político, también desorientó a toda las corrientes políticas, que jamás imaginaron la dimensión ni el alcance del movimiento originado en el Cordobazo.

Más allá de su condición de hecho histórico absoluto, de la experiencia de lucha inédita que significó para los trabajadores y de los recambios visibles que provocó en la superestructura política, en el magma del cordobazo fermentaron las ideas, tendencias y organizaciones que serían protagonistas destacados de la década siguiente.

Esta explosión política e ideológica se cristalizaría luego en nuevas y numerosas tendencias políticas, en agrupaciones sindicales y en partidos y organizaciones armadas. Otras se pierden por hilos de la historia que son muy difíciles de rastrear.

Antes y después del vendaval, las preguntas fueron muchas más que las respuestas: ¿Fue espontáneo u organizado, oportunista o revolucionario, un intento más de presionar a la dictadura o una decisión justa nacida de la profunda sensibilidad de líderes que comprendieron acabadamente la situación objetiva y subjetiva del movimiento social?

Veintiocho años después éstos y otros interrogantes siguen en pie y animan la polémica junto con cuestiones tales como el signo ideológico y los contenidos políticos que predominaron en el levantamiento, la vigencia o el eclipse --siquiera transitorio-- de la consigna del retorno de Perón o si, en fin, el Cordobazo fue a la vez hijo y padre de nuevas identidades políticas que, aunque duraron apenas unos pocos años, marcarían de tal modo la sociedad argentina que aún hoy son parte del debate político.

Aquí sólo se intentará una descripción del escenario en el que se desarrolló el mayo cordobés, las luchas que lo precedieron y lo hicieron posible y sus consecuencias. Aquí lo veremos vivo a través de la memoria de los protagonistas, de las voces y los gestos de quienes siguen caminando las mismas calles que, aquel día, recorrieron las masivas columnas de trabajadores fabriles para cortar en dos la historia de las luchas populares argentinas.

Tosco, Torres, Simó

Fábrica TomadaLa identidad política peronista de la clase obrera y la amplia hegemonía sindical del justicialismo se habían venido manifestando, desde el derrocamiento mismo de Perón, en diversos hechos: la resistencia inmediatamente posterior al golpe, el pacto que posibilitó el acceso de Arturo Frondizi a la presidencia, la abstención que debilitó insalvablemente a Arturo Illía.

Además de la habilidad política de su líder para manejar los hilos desde el exilio, y más allá de la diversidad de métodos empleados, hay algo que le daba sustancia y galvanizaba la resistencia: la voluntad popular de retomar y completar la experiencia que el golpe militar del 55 había dejado inconclusa y que recién se hizo realidad, dramáticamente tarde, en 1973.

El movimiento obrero organizado respondía con disciplina a los sindicatos y a la CGT, claramente conducidos por el peronismo, y era un importante factor de presión en manos de la burocracia sindical para negociar no sólo las luchas reivindicativas, sino también y fundamentalmente su grado de influencia y participación en el poder político de turno.

Pero la Revolución Argentina había llegado con la decisión de quebrar la relación entre el sindicalismo peronista y el Estado, un paso indispensable para imponer el rígido sistema de acumulación propuesto por los sectores económicos hegemónicos.

El despliegue de violencia que la dictadura aplicó para cerrar los ingenios tucumanos y los talleres ferroviarios, la represión a los portuarios, la detención de su dirigente Eustaquio Tolosa, las amenazas de enviar a la cárcel a quienes convocaran un paro general, la propia intervención de la UOM, etc., habían hecho del Lobo Vandor un animal hervíboro.

En esta situación --caracterizada por el repliegue del vandorismo y por la complicidad con la dictadura por parte de Alonso, Taccone, Coria, etc.--, el sindicalismo peronista combativo, el gremialismo del interior y los sindicatos intervenidos hicieron suyo el Congreso Normalizador del 1o. de marzo de 1968, que erigió al gráfico Raimundo Ongaro como Secretario General.

En Córdoba, la CGT de los Argentinos va a quebrar una tradición de unidad que, fundamentalmente, se apoyaba en los peronistas legalistas –una versión cordobesa del vandorismo que tenía como principales referentes a Elpidio Torres (Smata) y Atilio López ( UTA)--, y en los Independientes, 21 gremios que encabezaban Agustín Tosco (Luz y Fuerza) y Juan Malvar (Gráficos), entre otros.

Paradójicamente, la nueva unidad se basaba en la alianza de ortodoxos y legalistas –quienes iniciaron una incómoda convivencia-- dejando fuera de la CGT a los peronistas legalistas. En realidad, los objetivos de Simó y los suyos quedaron reducidos al intento de frenar el protagonismo de Tosco y sus seguidores, quienes se sentían como peces en el agua en una situación claramente orientada hacia la movilización y al enfrentamiento sin renuncios con la dictadura de Onganía.

Las pilas del periódico de la CGT de los Argentinos, que dirigía Rodolfo Walsh, atestaban los depósitos del local de Avenida Vélez Sarsfield porque nadie allí quería repartirlos, y testimoniaban la actitud de los ortodoxos, que se limitaban a ponerle palos a la rueda que llevaba al inexorable enfrentamiento de los trabajadores cordobeses con Onganía.

Pero esa convivencia duraría muy poco. Precisamente, una de las condiciones que confluyeron en el Cordobazo fue el acuerdo, en las vísperas del estallido, entre el independiente Tosco y el legalista Torres, quienes excluyeron deliberadamente a los ortodoxos. Aunque no todos los gremios de éste sector compartían los métodos gangsteriles del oscuro dirigente metalúrgico, Simó expresaba el ala más derechista del peronismo gremial, reacio a cualquier acuerdo con la izquierda.

Manejaba su sindicato con puño de hierro, y una de sus víctimas fue el joven activista René Salamanca, a quien expulsó del gremio en 1962, cuando hacía sus primeras armas en las lides sindicales, diez años antes de que accediera a la secretaría general del Smata cordobés. Cabe recordar parte, que unos años después, cuando José López Rega era ministro del gobierno de Isabel Perón, la única base gremial que encontraron en Córdoba las Tres A fue el sindicato metalúrgico. Pero esa es otra historia...

Obreros y estudiantes

No es posible comprender el Cordobazo en toda su dimensión si no se tienen en cuenta las lecciones que dejaron la huelga estudiantil de 1966 y la tenaz resistencia que le dio continuidad al conflicto a lo largo de 1967, con actos relámpagos en el centro y tomas esporádicas pero repetidas del barrio Clínicas. Esa batalla tuvo profunda influencia en lo que vendría después a través de un valioso saldo en términos de organización, gimnasia de lucha social y elevación de la conciencia antidictatorial, elementos que la clase obrera cordobesa, casi imperceptiblemente, iba haciendo suyos para proyectarlos después en el Cordobazo y las rebeliones que le siguieron.

La lucha de los estudiantes demostró que esa gimnasia era imprescindible para enfrentar a una dictadura que impedía cualquier tipo de participación política que no fuera confesional o corporativa. Así fue como el autoritarismo y la inflexibilidad, que habían hecho retroceder a la dirigencia sindical tradicional, tuvo otras respuestas en Córdoba. En ese marco represivo, la posibilidad de infligir derrotas tácticas a la policía --que desembocarían después en la gran derrota de la represión el 29 de mayo de 1969-- fue demostrada por pequeñas organizaciones de autodofensa, como los comandos Santiago Pampillón.

Este nombre, con el que los estudiantes quisieron bautizar la Avenida Colón y que seguramente figurará algún día en la nomenclatura urbana cordobesa, condensó a la unidad obrero-estudiantil que se forjaría en este período. Pampillón era obrero y estudiante, como la ciudad que fusionaba ambos sectores sociales en su vida cotidiana.

Córdoba, la de las campanas y las iglesias innumerables, que había sido a la vez epicentro de la Reforma Universitaria de 1918 y vanguardia del golpe antiperonista de 1955, había cambiado profundamente entre 1956 y 1966. En la raíz de esa transformación estaba la enorme concentración de estudiantes y obreros industriales.

El crecimiento de la planta fabril que IKA-Renault poseía en Santa Isabel elevó a 10.000 el número de operarios. Muchos provenían de los departamentos del interior o de provincias vecinas, y la ciudad se transformaba a medida que los recibía. Los barrios aledaños a Santa Isabel, con sus despensas, almacenes, bares, ferreterías y tiendas florecían con la rápida expansión del consumo. Crecía el negocio del transporte, el inmobiliario, y bastaba la sola presentación de un sobre de sueldo de IKA-Renault para conseguir un crédito.

Algo similar ocurría en Ferreyra, donde FIAT tenía sus tres plantas (Concord, Materfer y GMD), al igual que en los lugares donde se habían radicado las numerosas fábricas de autopartes.

Estos obreros pulcros y formales de salarios relativamente altos, que vivían con cierto confort, fueron quienes gestaron el Cordobazo. "A este paro me lo hicieron los obreros mejor pagos del país", se lamentaría luego el ministro de Economía Adalberto Krieger Vasena.

En cuanto a los estudiantes, llegaban a Córdoba desde todas partes y caminaban sus calles, primero tímidamente, después como propias, sintiéndose hijos de una sociedad que los adoptaba, los protegía y cobijaba. Además, también se hacían negocios. ¿Qué cordobés no tenía cerca un estudiante riojano, catamarqueño o mendocino, o como novio de su hermana, compañero de su hijo o pensionista de su tía?. Las librerías se disputaban la clientela estudiantil, el alquiler de inmuebles era una actividad creciente y las pensiones y comedores proliferaban en el barrio Clínicas, en Alberdi, Observatorio, Nueva Córdoba. Se trataba de jóvenes cargados de vitalidad, ávidos de ideas y experiencias nuevas, abiertos y ajenos a los condicionamientos que les hubieran impuesto en sus hogares

Esas almas fueron traspasadas por los vientos del mayo francés, por los relatos míticos de las batallas del Che en Africa o de la larga guerra antiimperialista del Vietcong. En las tertulias se recitaba de memoria a César Vallejo, Jacques Prévert, Nicolás Guillén, Nazim Hikmet, Maiakowsky y se debatía sobre el viejo y el joven Marx, mientras en las guitarras y las voces se mezclaban las canciones de la guerra civil española y las de los Parra de Chile con el naciente rock nacional y el nuevo floklore.

Estudiantes acendradamente católicos, moradores de los célebres colegios mayores y, en su mayoría, hijos de la conservadora burguesía ganadera de las feraces tierras del sur cordobés y santafesino, se inflamaban con la militancia de los curas tercermundistas y se inspiraban en la doctrina social de la Iglesia, en Juan XXIII Paulo VI y la Populorum Progressio, soñando con unir el cielo y la tierra en una sola utopía.

Los estudiantes del interior formaban largas filas en la plaza Colón y en la plaza del oso, sobre la avenida Hipólito Irigoyen, para tomar los rugientes ómnibus universitarios que los llevaban al comedor estudiantil. Nativos de Córdoba o cordobeses por amor, ellos se sentían protagonistas de la historia, sucesores de quienes habían gestado la reforma y dispuestos para la acción contra una dictadura a la vez feroz y ramplona, increíblemente retardataria en lo ideológico. Simultáneamente, el vientre de la ciudad iba gestando la unidad popular que alumbraría, a piedra y fuego, en el Cordobazo.

En 1966, cuando la dictadura cerró el comedor universitario, los estudiantes del interior comían gratis en casas de familia que les abrían sus puertas o en las ollas populares con que los acogían muchos sindicatos obreros.

Ante la clausura de los centros de estudiantes, que eran la base de su acción, las agrupaciones universitarias imprimían sus volantes en los mimeógrafos de los sindicatos. De allí salían textos largos, proclamas kilométricas que se ocupaban del mundo y sus alrededores, o las brevísimas mariposas, que contenían consignas de acción y que, por su tamaño, podían ser arrojadas rápidamente en los actos relámpago.

Esta era la forma favorita de lucha de los estudiantes: grupos de quince o veinte jóvenes ocupaban simultáneamente varias esquinas céntricas, uno de ellos soltaba una arenga de unos poquísimos minutos, el resto arrojaba las mariposas al aire y todos se retiraban mimetizándose entre los peatones.

El centro de la ciudad, con sus avenidas Colón y General Paz, por entonces de doble mano, y sus estrechas calles (9 de julio, San Martín, Obispo Trejo) atestadas de autos, se conmovía con estos actos. En la retirada, cuando se esquivaba el bulto a la policía o al camión hidrante Neptuno que mojaba con agua coloreada a los revoltosos para luego identificarlos y apresarlos, siempre había una puerta abierta para los que huían.

Muchos obreros conocieron esta experiencia, la apreciaron y valoraron para, después, ponerla en práctica con una curiosa mezcla de paternalismo y reivindicación: "Ahora, no se las van a ver con criaturas", decían los obreros que harían el Cordobazo.

Por cierto, no eran criaturas, pese a su juventud. De esa experiencia surgieron algunos de los mejores cuadros políticos de la década siguiente. Carlos Scrimini, Nicki Ceballos, el Chacho Camilión, Jorge Damonte, Carlos Azócar, el Huevo Rubio, Abel Bohoslavsky, entre otros, compartirán después la militancia con los luchadores obreros. Entonces se borrarían las diferencias de extracción social para fundirse en una sola y misma condición.

Las vísperas

A lo largo de Mayo de 1969 se habían acumulado hechos que hallaron su concatenación en el crispado ánimo de los obreros y estudiantes cordobeses. A principios de ese mes estalló el violento conflicto de la UTA, cuando los choferes decidieron acabar con el trabajo a destajo que habían impuesto las patronales del autotransporte de pasajeros. La ciudad soportó solidaridariamente los inconvenientes que le ocasionaba la huelga.

Pocos días después, la muerte de los estudiantes Cabral y Bello en Corrientes y Rosario aumentaron la indignación popular.

Entretanto, Vandor, que estaba atento a las fisuras de la dictadura, intentaba disputar las quitas zonales y el sábado inglés buscando recuperar el protagonismo de otras épocas. Para Elpidio Torres esta era una cuestión central, ya que los trabajadores de su gremio estaban decididos a resistir la rebaja salarial. Así fue como 5.000 mecánicos realizaron una asamblea en el Córdoba Sport. A la salida, se enfrentaron duramente con las tropas de infantería de la policía local. Piedras contra gases y garrotes, esta refriega anticipaba lo que sucedería el 29.

A Luz y Fuerza la afectaban las mismas reivindicaciones, y Tosco, que había venido observando atentamente las movilizaciones estudiantiles, le iba dando forma a su idea de generar una gran movilización antidictatorial. La unidad de acción maduraba, y alguien cruzó la vereda para convencer a propios y extraños de que había llegado el momento. Fue el dirigente comunista de la UOCRA, Jorge Canelles, muy allegado a Tosco, el que puso la cara y tocó el timbre del Smata para hablar con Elpidio Torres.

Previamente, el propio Lobo Vandor había bajado a Córdoba para reunirse con los independientes e impulsar el acuerdo.
Las cartas estaban echadas.

Angel Stival y Juan Iturburu

* El artículo en revista incluye las palabras de Luis Reinaudi (delegado del Sindicato de Prensa de la CGT de Córdoba) sobre la acción de los gremios cordobeses y el Movimiento de Unificación y Coordinación Sindical, por María Eugenia Etkin; el testimonio de Elpidio Torres (titular de la CGT Azopardo en Córdoba) diciendo que está cansado de la "historia escrita por los zurdos", por Angel Stival y Fernando Vélez; y el análisis de César Altamira sobre la composición política de los gremios más fuertes en Cördoba. Además, reportaje a Juan Carlos Gospietro (ex secretario de la Comisión Administrativa de DINFIA, hoy Looke) sobre el protagonismo de sus compañeros y el testimonio de Ernesto Ponsatti, dirigente sindical del gremio de prensa y editor del órgano oficial de Luz y Fuerza, Electrum. En el cierre del informe el albañil Jorge Canelles cuenta los prolegómenos del acuerdo entre Agustín Tosco y Elpidio Torres.


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