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Portarretratos

Córdoba, el vientre de la rebeldía

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El Cronopio Rebelde

En mayo de 1967, el poeta cubano Roberto Fernández Retamar le solicitó a Julio Cortázar que sintetizara su opinión sobre la situación del intelectual latinoamericano. La conmovedora carta, que publicó el semanario Primera Plana en sus números 281/82 -un fragmento de la cual reproducimos- establece su concepto acerca de la ética del escritor contemporáneo.

0111.jpg (24392 bytes)Hace veinte años veía yo en Paul Valery el más alto exponente de la cultura occidental. Hoy continúo admirando al gran poeta y ensayista, pero ya no representa nada para mi ese ideal. No puede representarlo quien a lo largo de toda una vida consagrada a la meditación y al a creación, ignoró soberanamente (y no sólo en sus escritos) los dramas de la condición humana que en esos mismos años se abrían paso en la obra epónima de un André Malraux y, desgarrada y contradictoriamente pero de una manera admirable precisamente por ese desgarramiento y esas contradicciones en un André Gide. Insisto en que a ningún escritor le exijo que se haga tribuno de la lucha que en tantos frentes se está librando contra el imperialismo en todas sus formas, pero sí que sea testigo de su tiempo como lo querían Martínez Estrada y Camus y que su obra o su vida (¿pero cómo separarlas?) den ese testimonio en la forma que les sea propia. Ya no es posible respetar como se respetó en otros tiempos al escritor que se refugiaba en una libertad mal entendida para dar la espalda a su propio signo humano, a su pobre y maravillosa condición de hombre entre hombres, de privilegiado entre desposeídos y martirizados.

Para mi, Roberto, y con esto terminaré, nada de eso es fácil. El lento, absorbente, infinito y egoísta comercio con la belleza y la cultura, la vida en un continente donde unas pocas horas me ponen frente a los frescos de Giotto o los de Velázquez del Prado, en la curva de Rialto del Gran Canal o en las salas londinenses donde se diría que las pinturas de Turner vuelven a inventar la luz, la tentación cotidiana de volver como en otros tiempos a una entrega total y fervorosa a los problemas estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad, libran en mi una interminable batalla con el sentimiento de que nada de todo eso se justifica éticamente si al mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos, si no se asume decididamente de intelectual del tercer mundo en la medida en que todo intelectual, hoy en día, pertenece potencial o afectivamente al tercer mundo puesto que su sola vocación es un peligro, una amenaza, un escándalo, para los que apoyan lenta pero seguramente el dedo en el gatillo de la bomba.

...............

Incapaz de acción política, no renuncio a mi solitaria vocación de cultura, a mi empecinada búsqueda ontológica, a los juegos de la imaginación en sus planos más vertiginosos; pero todo eso no gira ya en si mismo y por si mismo, no tiene ya nada que ver con el cómodo humanismo de los mandarines de occidente. En lo más gratuito que yo pueda escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de si mismo como colectividad y humanidad. Estoy convencido de que sólo la obra de aquellos intelectuales que responden a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en las conciencias de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos nacido.

Un abrazo muy fuerte de tu Julio


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