Revista Los '70 
Revista Nº3

El  Cordobazo

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Un nuevo ciclo de luchas obreras

El crecimiento de la producción de automóviles y su incidencia en la acumulación y reproducción del capital formó en Córdoba un concentrado proletariado fabril, las luchas obreras y sociales tuvieron así un nuevo sujeto como protagonista: el obrero automotriz. Además la crónica de la represión del 27 de mayo de 1969 en Cruz del Eje (Córdoba) a manos del represor torturador Santiago Hoya, quién aún vive impune en ese pueblo, por Lucho Soria.

Imágenes de la lucha de calles.Hacia mediados de los 60, el sector automotriz se convertía en el núcleo dinámico del proceso de reproducción ampliada del capital, abriendo el ciclo más largo de crecimiento ininterrumpido de la economía argentina hasta el estallido de la crisis, en julio de 1975.
Esta cualidad se debió tanto a su papel de locomotora del crecimiento como al rol determinante que los trabajadores del sector desempeñaron en el nuevo ciclo de luchas abierto para la misma época.
Paralelamente, se produjo un destacado crecimiento del sector de bienes de capital, con incorporación de nuevas técnicas de producción, proceso que generó fuertes aumentos en la productividad del capital, que contrastaban con los índices de la década anterior. Los salarios crecieron a tasas menores durante gran parte del período, favoreciendo un proceso de acumulación virtuosa.
En el caso del sector automotriz cordobés, el camino de la reestructuración productiva se intensificó con la venta de IKA (estadounidense) a Renault (francesa) y con la instalación de nuevas plantas fabriles en Buenos Aires.
Esto trajo cambios sustanciales en el proceso de producción, organización del trabajo y movilidad laboral que alterarán el perfil técnico del nuevo operario de planta. Fue una verdadera modernización fordista, de reducción de los tiempos muertos de producción y del ajuste de la velocidad de la línea a los ritmos que ahora imponía la máquina. Los cambios iniciados en la rama automotriz habrían de extenderse más adelante a otros sectores: celulosa, papel, cemento, petroquímica y acero.
Pero esta máquina ordenadora, regulada mecánicamente desde "fuera del obrero", generaba economía de mano de obra e imprimía una dirección autoritaria al proceso de producción. Hasta mediados de los 60, en IKA-Renault los métodos productivos dependían más de los ritmos obreros que de los principios de producción de flujo continuo. Era por demás manifiesta la escasa incidencia de principios tayloristas-fordistas, sea que se tratara de la subdivisión del trabajo, sea de controles rigurosos de tiempos y movimientos. Esta situación arrojaba niveles de producción muy menores a los que constataban en plantas similares en los EEUU. Hasta entonces, los obreros habían desarrollado múltiples tareas en distintas secciones, trasladando manualmente el material a la próxima.
Por otra parte, las diversas convenciones colectivas de trabajo firmadas por el Smata desde 1956 hasta 1967 habían fomentado la eliminación creciente de categorías a cambio de salarios y estabilidad en el empleo, favoreciendo la flexibilidad laboral interna.
Pero la producción de tipo continuo y en grandes series introdujo alteraciones sustantivas en el proceso de producción y en la organización social del trabajo, suprimiendo viejas calificaciones obreras y generando otras nuevas, vigiladas celosamente por los delegados fabriles. Se favoreció así el vínculo entre los delegados de planta y las bases obreras.
Se introdujeron entonces nuevas formas de producción en el sector matricería, pintura y control de calidad.
La fábrica de División Planta Matrices (Perdriel, en Córdoba) fue transformada totalmente en una organización productiva en línea que dio lugar a un importante proceso de recategorización y descalificación laboral, fuente generadora, por lo demás, de importantes conflictos y tensiones laborales que desembocaron en luchas sindicales a fines de la década y comienzos de la siguiente (trabajo a desgano, huelgas, tomas de fábrica con rehenes, etc.). Igualmente habrían de producirse reconversiones y reclasificaciones de categorías profesionales en muchas otras plantas y sectores: carrocerías en blanco, mecanizado, suministros, inspección y producción, desatando en todos los casos la resistencia obrera que, a comienzos de los 70, detonaba generalmente en paros.
Por esa época, Fiat modificaba también sus plantas introduciendo máquinas de alta precisión, mientras redistribuía el trabajo social -especialización mediante- en la producción nacional. El montaje final de automóviles se concentró en El Palomar (Bunos Aires), la fabricación de motores y componentes automotrices en Concord (Córdoba) y el montaje de camiones y tractores en Sauce Viejo (Santa Fe).
Así se consolidaba definitivamente una nueva composición técnica de la clase obrera, condensada en la figura del obrero perteneciente al sector económico más dinámico de la sociedad, lo que explica las particularísimas características de movilización de la época. La modernización de las relaciones de producción capitalista condujo a la entrada en masa de obreros poco calificados, otorgando una nueva impronta al perfil del operario: la del obrero-masa no calificado.
En los 60, la industria automotriz cordobesa se caracterizó por una fuerte demanda de fuerza de trabajo que satisfizo la importante corriente migratoria interna. Este proceso gestó un nuevo proletariado, joven y dinámico, protagonista del nuevo ciclo de luchas.
La alteración de la composición técnica trajo también nuevas modalidades de comportamiento sindical. La lucha por el control y las condiciones de trabajo era motivo de insistentes reclamos, al tiempo que estos conflictos intensificaron y modelaron las relaciones entre los delgados y las bases obreras.
La composición política reflejaba la composición técnica y, a su vez, la transformaba. Los reclamos en el lugar de trabajo desempeñaron particular importancia como elemento de movilización sindical, fenómeno que debe ser incorporado cuando se analizan las causas más inmediatas del Cordobazo. El malestar fabril, la fuerte resistencia obrera a los nuevos ritmos de producción y a la intensificación del trabajo constituyen un dato sustantivo para dar cuenta de la rebelión obrera cordobesa del 69.
En el caso de Fiat, los planes de modernización capitalista no se alcanzarían sino hasta comienzos de los 70 y habrían de convertirse en elemento decisivo para el surgimiento del clasismo.
A la particular composición política del obrero del Smata cordobés, basada por el fordismo en desarrollo, se debe agregar el singular perfil de la dirigencia sindical de Luz y Fuerza de Córdoba. El tosquismo era el portador de un sindicalismo esencialmente democrático, antiverticalista, combativo e independiente de las diversas corrientes sindicales peronistas burocratizadas. Verdadero bastión de lucha, el gremio de Luz y Fuerza de Córdoba agrupaba a empleados y personal técnico calificado, pertenecientes a un abanico social que iba desde la próspera clase media hasta los obreros y peones.
Esta amalgama social sólo podía movilizarse en bloque gracias a una fuerte conciencia sindical, una fluida relación de la dirigencia con las bases, alta estabilidad laboral y elevados salarios y, sobre todo, una enorme fidelidad hacia su secretario general. El gran prestigio de Tosco muestra el respeto que la sociedad cordobesa profesaba por esa dirigencia sindical.
El resultado más significativo del boom industrial de Córdoba fue la formación de un concentrado proletariado fabril, cuyas características particulares lo llevaron a afectar no sólo la política local sino a ejercer notable influencia en el plano nacional. De esta manera, el régimen de acumulación destapaba un nuevo sujeto social, perteneciente al sector económico más dinámico y que se transformó en el sujeto político de la etapa.
Precisamente, la coincidencia entre sujeto político y sujeto social fue el hecho destacado que abrió un nuevo ciclo de luchas obreras y sociales. El Cordobazo expresa así la convalidación de una forma de centralidad obrera a partir del reconocimiento de la fábrica como bastión del crecimiento y el desarrollo. La legitimación social del proceso de acumulación capitalista se prolongaba en el reconocimiento del obrero masa como dirección política y social de las luchas populares.
Fue éste el que sobrellevó el peso mayor en el formidable auge de masas abierto desde mediados de la década de los 60 hasta el estallido de la crisis en 1975.
El rechazo a las nuevas técnicas de producción que introdujo la industria automotriz, incrementando la velocidad de la línea y racionalizando la organización del trabajo, despertaron una fuerte reacción sindical y prepararon el camino de la gran oleada de masas de fines de los 60 y comienzos de los 70. Dinámica sas que desafió primeramente a la patronal, luego a las dirigencias nacionales y finalmente al propio aparato político militar de la dictadura.
En enero de 1970, los operarios de Fiat eligieron en asambleas democráticas una dirección sindical que se radicalizaría con las luchas. En el mismo año los trabajadores de la petroquímica PASA (Gran Rosario) se rebelaron contra sus dirigentes designando nuevos delegados de base. Paralelamente, la cúpula nacional del Smata era jaqueada por los trabajadores de varias fábricas. No se trataba solamente de la oposición de izquierda del Smata cordobés. Delegados surgidos de las bases controlaban varias de las principales empresas, como Chrysler, Peugeot, Citroen. La sociedad reconocía al nuevo sujeto político y éste se asumía como vanguardia de la oposición política a la dictadura. Su proyección alcanzó a las propias organizaciones políticas de la izquierda armada que surgieron en esos años. Su desarrollo y consolidación resulta impensable sin esa dinámica. Las organizaciones reconocieron también --más allá de sus diferentes concepciones políticas-- al obrero automotriz como sujeto político de la etapa.

César Altamira


VIEJOS CONOCIDOS

Hoya, un maestro torturador.El 27 de mayo de 1969, dos días antes del Cordobazo, el padre Justo Dante López ofició una misa en su parroquia de Cruz del Eje, frente a la Plaza Armesto, que los centros de estudiantes locales habían solicitado para recordar a los estudiantes Cabral y Bello, asesinados por la dictadura.
Tras el oficio, los concurrentes desplegaron una bandera argentina con un crespón negro y marcharon hacia el centro de la ciudad, distante a ocho cuadras.
Eran poco más de un centenar de estudiantes secundarios y universitarios, profesionales, profesores y padres de familia. Entre los rostros adolescentes se recuerda a Juan Enrique Vila, Raúl Tissera, Ernesto y Horacio Siriani, Gustavo Luna, Aldo Soria, Yolanda Herren, Miguel Aponte, Andrés Cañas, Juan Domingo Moreno, Ernesto y Sergio Rojas, Ana María Asis. Muchos de ellos serían poco después dirigentes sindicales y políticos destacados.
A medida que la columna tomaba forma, el personal policial -de civil y de uniforme- se replegó hasta formar un vallado a la altura del edificio del Correo, en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Alvear.
Al frente de la policía cruzdelejeña estaban los hermanos Arias, a su vez bajo el mando del mayor retirado Santiago Hoya. Al jefe lo flanqueaba, como siempre, Guillermo Luna, quien había sido compañero o alumno de varios de los manifestantes en la Escuela Normal de Cruz del Eje.
Hoya y Luna alcanzarán una innoble notoriedad que figura en los archivos de varios organismos de derechos humanos de América latina. Hoya será subjefe de la policía de la provincia, y encabezará con Luna el allanamiento a Luz y Fuerza. Más tarde, ambos fueron incorporados a la Secretaría de Inteligencia del Estado y, poco después, la dictadura los envió a Centroamérica para ayudar a organizar la contra nicaragüense.
Una docencia que, según reiteradas denuncias, incluyó la tortura y el asesinato.

Lucho Soria


Mas artículos N º 3: I Carta al lectorI Córdoba Insurgente, por Angel Stival y Juan Iturburu I CGTA: Un Polo de Unidad Antidictatorial, por Carlos Eichelbaum I Un Nuevo Ciclo de Luchas Obreras, por César Altamira


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