| El arte, el amor y la violencia |
La palabra cautiva *
"Cuando llegue a mi casa
besaré a nuestros hijos
¡y he de amarte tanto!
que nos envidiarán los muertos
que murieron de amor
porque amando vivieron".El Amor y los Amores
¿Te acordás cuando antes del golpe --todavía era posible leer en las cárceles argentinas-- los despojados poemas de Nazim Hikmet estaban en la memoria de todos nosotros? Resonaba en ellos la nostalgia de libertad del león cautivo. Entonces los muros parecían transparentes, dejaban pasar la luz que venía de afuera, del lugar donde estaban los compañeros entre los que seguíamos viviendo pese a todo. Islas eran nuestras prisiones en medio de un mar embravecido que rompía contra sus murallas, que sentíamos rugir en el silencio de la noche, que no nos abandonaba nunca. Y un viento --hasta salado-- daba voces a una tempestad sin palabras. Sintiéndonos dueños de una dimensión humana que no sabíamos expresar, ella nos parecía más inmensa. Antes del golpe las rejas no pudieron apresar la vasta piel humana que nos cubría. ¿Te acordás?
Después del golpe todo cambió. Pero quizás más terrible que los asesinatos, que el regreso a la tortura siempre peor la segunda vez--, que la degradación de los campos de concentración, fue que al silencio se agregó la soledad. La soledad más atroz: la gran soledad del pueblo, su multitudinaria ausencia. Antes sabíamos que la tempestad seguía sin nosotros más incontenible que nunca, nos sentíamos arrastrados por su corriente. Ahora el horizonte se cerraba, afuera sólo quedaba la noche cortada por sirenas y descargas y gritos de rabia y de dolor. Cuando esa inerte soledad nos aplastaba las cabezas, no nos quedó más que el amor implacable que florece entre los desgraciados, el calor de nuestros cuerpos en el suelo, desnudos y apretados, la luz de nuestros ojos debajo de las vendas. El olor de la sangre ocupó el sitio del olor de la sal y se purificó; susurros casi animales, del animal humano, ocuparon el sitio de la tempestad y volvimos a pronunciar las primeras palabras otra vez. Voces de ausencia en el vacío de aquella enorme presencia que lo había llenado todo, el mundo y el alma, y que ahora nos faltaba, que invocábamos en vano desde el fondo de los sótanos, palabras primitivas como las manos impresas en los muros de las cuevas prehistóricas, huellas indelebles de una vida que se niega al olvido, que derrotada se resiste a la muerte, que todavía, en lo más profundo de la noche, apuesta a la historia.
Y estas voces no tienen forma, vacían el vino amargo en los viejos olores, se vuelven sobre lo más íntimo, recuerdan viejos estereotipos para sacarlos a la luz y darles carne nueva. Nosotros no hemos tenido literatura. Mañana quizá sí, y en ella las prisiones (las reales, y también aquellas otras de una conciencia demasiado grande para nuestros cuerpos, que no pretendía en la realidad que ansiaba, que no cuajaba en un pueblo que, sin embargo, seguía adelante, que no cristalizaba en signos), las prisiones extenderán su sombra de cadalso y de mástil. ¿No existen, Mariano, aquellas casas que pensábamos allá abajo?
Nosotros no tuvimos literatura. Primero fueron las ficciones de Borges en la efímera primavera de la oligarquía liberal de 1955 (todavía estábamos en la secundaria).
Después Sábato (ya en la universidad) cargaba con la impotencia atávica de una dudosa burguesía nacional que no deja de andar sobre Héroes y Tumbas que no le pertenecen pero la ciegan. Al fin en los albores del estallido (cuando estábamos en la calle), el retorno a las fuentes de una intelectualidad pequeño-burguesa que por décadas permaneció "del lado de allá" y que, ahora, con Cortázar, subía hasta el cielo las gradas de la Rayuela. Allí calla nuestra gran literatura: calla cuando el pueblo irrumpe en la escena, y calla por vergüenza hasta hoy. Calla los años más terribles, ¿porqué?... ¿Será porque los que tenían el don de la palabra no se quedaron en el patio desierto de un manicomio jugando al infernáculo, sino se sumergieron en un torrente vertiginoso?... El gran protagonista, el pueblo, carece de ese "don divino": tiene voz pero no palabra. Nada dice la gran literatura argentina de nuestra vida, de nuestras necesidades, de nuestra verdad. (¿Acaso es sólo nuestra? Nadie que haya vivido suficientemente los años del Cordobazo puede reconocerse en ella).
Pero el movimiento espontáneo se dio sus propias formas, atípicas, originales, embrionarias, incapaces de dar cabida a una intelectualidad realmente orgánica. La pobreza de nuestros "programas" respecto de la realidad que los engendraba y que ellos pretendían abrazar, es también la pobreza de nuestros signos. Sólo nos quedan señales y símbolos, voces aisladas, gestos. Aquella gigantesca creación inconclusa quedó en el fondo del movimiento real, en bruto, casi en lo sensoriomotriz, sumergida en la memoria inconsciente de muchos hombres. Los que creemos que aquella memoria guarda un sentido más profundo y universal que nuestras propias vidas, nos movemos entre los restos de un significante que busca su forma; que quiere engendrar los significados que no encuentra. Y esa es una tarea de recoger las huellas, de rescatar una historia en devenir que corre el peligro de borrarse, de perderse para siempre en lo que tuvieron de válidos sus presentimientos, en los que persisten sus presagios, en lo que todavía late y resuena. ¿Escuchás, Mariano?
Las grandes crisis revolucionarias no suelen producir literatura. No teníamos tiempo. Generalmente, se necesita que pase la tempestad y que la victoria se consolide y hasta muestre sus miserias en comparación con las visiones que la impulsaron en sus orígenes (pero entonces convertidas en rito parece repetir una historia siempre igual, y eso quisieran "ellos", eso es lo que tenemos que impedir porque hay derrotas que anuncian victorias fútiles).
¿Pero las derrotas? ¿Están condenadas al silencio? La Guerra Civil Española produjo su literatura con hombres que, de algún modo, provenían de una tradición y creaban en un ámbito definido. La Palabra era fundamental para ellos porque partían de la conciencia. Otro tanto ocurre, quizá, con la literatura vietnamita de la guerra de liberación, que recoge y da nuevos contenidos a una tradición popular olvidada por la cultura oficial. En cambio en nuestra revolución, los intelectuales rompieron de entrada con la tradición, fincaron en el proceso la vida entera y se compenetraron con el movimiento real, sacrificaron la conciencia a la práctica porque la Palabra, las antiguas palabras de la revolución, habían perdido su sentido originario y era necesario recrearlo en la transformación; en la revolución misma. Quizá esa historia fundamental no pueda leerse y sólo sea posible oírla, seguirla entre las líneas de un verbo que no la comprende aún (necesitamos nuevas herramientas para penetrar en lo que no ha llegado a ser).
Por eso, nos quedan nada más que destellos. La luz que brilla en los poemas que te mando, el soplo que alienta la obra anónima de presos en distintas cárceles de la dictadura militar argentina. Juegos de ausencia, palabras cautivas, piedras donde se afila el puñal de la memoria para matar al silencio.
Luis Rubio Iribarren
* El autor de este texto integró la dirección de Poder Obrero en 1974, cuando esta organización se formó nacionalmente a partir de diversos grupos provenientes de la llamada Izquierda Socialista. Al poco tiempo, Luis fue encarcelado. Músico excepcional, epistemólogo, poeta, filósofo, novelista, fue un intelectual inclasificable excepto por la condición que definió su vida: la de militante revolucionario. Murió de sida en 1992, cuando tenía 48 años.
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