Revista Los '70
Revista Nº6

La Iglesia de los oprimidos:
Sacerdotes para el Tercer Mundo

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Así en la tierra como en el cielo

En septiembre de 1967 apareció un Manifiesto de 18 Obispos del Tercer Mundo que se presentó como una aplicación del Concilio Vaticano II y de la encíclica Populorum Progressio a los países de Asia, Africa y América Latina. Encíclica, Concilio y Manifiesto expresaban una doble realidad: la del contexto sociopolítico a escala mundial y nacional y su repercusión en la Iglesia Católica. La nota incluye entrevista con Marta Pelloni, hermana de la congregación Carmelitas Misioneras Teresianas, y militante del Foro Multisectorial por la Justicia.

Monseñor Antonio DevotoEn septiembre de 1967 apareció un Manifiesto de 18 Obispos del Tercer Mundo que se presentó como una aplicación del Concilio Vaticano II y de la encíclica Populorum Progressio a los países de Asia, Africa y América Latina. Encíclica, Concilio y Manifiesto expresaban una doble realidad: la del contexto sociopolítico a escala mundial y nacional y su repercusión en la Iglesia Católica.

Eran años de intenso conflicto, de sed de revolución y cambio. Ernesto Che Guevara combatía en la selva boliviana, el Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur se preparaba para la ofensiva del Teth (año nuevo lunar de 1968) y en los Estados Unidos comenzaba la lucha de los estudiantes y otros sectores sociales contra el envío de tropas a esa guerra infame.

En la Argentina transcurría el segundo año de la dictadura de Onganía, Tucumán ardía, habían sido asesinados Santiago Pampillón e Hilda Guerrero de Molina, se incubaban la CGT de los Argentinos, el Rosariazo y el Cordobazo.

En Europa se vivían experiencias como la de los curas obreros y el diálogo entre cristianos y marxistas. Su correlato latinoamericano era el trabajo de numerosos sacerdotes y algunos obispos en las masas postergadas del campo y la ciudad, y una creciente voluntad de participación que tendrá su expresión máxima y martirológica en Camilo Torres, el cura guerrillero.

La Iglesia constituía una inmensa caldera cuya válvula ya no se podía manetener cerrada artificialmente. Por el contrario, los papas progresistas de los años 60, Juan XXIII y Paulo VI, decidieron liberar estas fuerzas, y su reflejo principal fue el Concilio Vaticano II.

En Latinoamérica estas ideas y fuerzas sociales en movimiento se conjugaron en la Conferencia de Medellín, que reunió a los obispos del subcontinente en julio de 1968.

Vale la pena anotar, sin poner en duda la sinceridad de los papas y obispos que pusieron en marcha los cambios en el seno eclesiático, que la Iglesia, fuertemente marcada por sus anteriores compromisos con el poder, se enfrentaba ahora a una gravísima crisis, una de cuyas principales expresiones fue la caída de las vocaciones sacerdotales.

Renovarse o quedarse sin tropa era la alternativa que enfrentaba la jerarquía.

UN REGUERO DE POLVORA

Cuando se concretó Medellín, ya estaba en pleno desarrollo el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo en la Argentina, (MSTM), sigla que a partir de 1970 pasará a significar Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

"Héctor Botán, Miguel Ramondetti y Rodolfo Ricciardelli, sacerdotes vinculados a la parroquia de la Encarnación del Señor, en la zona norteña de Chacarita, decidieron en octubre de 1967 hacer conocer a medio centenar de colegas de todo el país el Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo, en una traducción hecha a partir de una versión francesa recibida de manos del obispo Alberto Devoto. Durante las semanas que siguieron, los redactores de la carta fueron sorprendidos por la celeridad, la intensidad y cantidad de respuestas". (Del libro El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, de José Pablo Martín, publicado en agosto de 1991.)

La iniciativa de los tres curas de Chacarita se propagó como reguero de pólvora. En diciembre del 67 firmaron su adhesión al documento 270 sacerdotes argentinos. El número seguirá creciendo, hasta contabilizar 524 integrantes netos del MSTM en su momento de esplendor.

Es que la propuesta caía en un terreno perfectamente abonado por la preexistencia de grandes grupos de sacerdotes que desarrollaban su accionar en parroquias de villas y de zonas obreras y campesinas.

La contradicción entre su vocación original --llamados por un Cristo que nació y vivió entre los pobres, que echó a los mercaderes del templo y perdonó a prostitutas y ladrones-- y la realidad de la jerarquía, compartiendo con sus mejores galas la mesa del poder, atormentaba las conciencias de estos hombres honestos y deseosos de ver un poco de justicia en la tierra.

Los fieles de sus parroquias ya no se conformaban con la promesa de disfrutar en el cielo lo que los ricos tenían en el mundo, y entre su efervescencia y la de sus sacerdotes se dará una fuerte interacción, cuya principal expresión sería este movimiento, que realizó su Primer Encuentro con 21 representantes en mayo de 1968.

Algunos obispos, como Enrique Angelelli en La Rioja, Alberto Devoto en Goya, y Vicente Zaspe en Santa Fe, apoyaron a estos sacerdotes, aunque sin integrarse orgánicamente al movimiento. Pero el grueso de la jerarquia los persiguió tenazmente.

Rosario, presidida en aquellos años por el obispo Guillermo Bolatti, era una de las diócesis con situaciones conflictivas entre la jerarquía y los curas que trabajaban en villas y barrios obreros.

Martín señala que el MSTM era una fuerza material preexistente, a la que había que moldear. Esto permitió que las formas de organización fueran sumamente sencillas y flexibles: un responsable general, un secretariado de tres miembros, los coordinadores --que abarcaban zonas del país con varias diócesis-- y los encargados de promoción y enlace de cada diócesis, llamados delegados o responsables.

Desde 1968 hasta la crisis interna de 1973, el responsable o secretario general fue Miguel Ramondetti y, posteriormente, Osvaldo Catena.

Con estas sencillas armas el movimiento se lanzó a participar de lleno en el conflicto social y político de los años 60 y 70.

EL DEBATE

Es obvio que en el seno de un movimiento sacerdotal se había abierto un fuerte debate teológico.

El padre Carlos Mugica (posteriormente asesinado por las Tres A) se preguntaba: "¿Dios ha muerto? ¿Hay futuro para la Iglesia?" (revista Panorama, Nº 8, 21 de julio de 1970). "

Es posible imaginar la angustia teológica y existencial y la profundidad del conflicto social y político que había detrás de semejante pregunta, formulada por un cura. También el escándalo de obispos y viejas beatas.

El extenso artículo citaba a Marx y Lenin, encaraba sin cortapisas los problemas de la Iglesia y de la sociedad y finalizaba reivindicando su visión de Cristo: "Como una reacción a todo ese cristianismo trascendentalista y espiritualista, se tiende hoy a reducir la palabra de Cristo a un mensaje de redención humana. Eso no es hacer justicia a Jesucristo (...) Si Cristo no resucitó, si Cristo no es el hombre-Dios, francamente no me interesa. Será un hombre importante como Gandhi, como Mahoma, como el Che, pero no el hombre que soluciona el problema radical del ser humano, que es la muerte. Sólo él puede responder afirmativamente a mi apetito de divinidad".

No toda la Iglesia estaba dispuesta a ir tan lejos. En ese mismo julio de 1970, una Declaración de sacerdotes argentinos, que comienza por repudiar la muerte del teniente general Eugenio Aramburu, señala: "Constituimos un grupo de sacerdotes argentinos que, no obstante las propias deficiencias, de las cuales somos conscientes, quieren amar a Jesucristo, a la Iglesia de siempre y a su Patria (...) Pertenecemos a aquella gran parte de la Iglesia que quiere con empeño la elevación material y espiritual de los hombres, clases y pueblos pobres, pero por caminos diversos en absoluto de los de Marx, Lenin, el Che o Mao..."

Firmaban numerosos obispos y curas, encabezados por monseñor Enrique Lavagnino.

El 13 de agosto de 1970, Clarín y otros diarios publicaron la Declaración de la Comisión Permanente del Episcopado que, después de repudiar "recientes secuestros, violencias y asesinatos", apuntaba a la cabeza de los tercermundistas. Citando un documento del MTSM emitido en Córdoba en junio de 1969 --que abogaba por la socialización del poder económico y político y de la cultura, la supresión de la propiedad privada de los medios de producción-- los obispos respondían con una cita de la Encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII:

"El derecho de propiedad privada, aún en lo tocante a bienes de producción tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza, lo cual nos enseña la prioridad del hombre individual sobre la sociedad civil...".

 

NO LA BIBLIA, SINO EL PODER

Camilo TorresPero en definitiva lo que primero unió y luego separó a los sacerdotes del Tercer Mundo no fue la Biblia sino el poder. Como los demás movimientos sociales y políticos de los 70, estos curas se plantearon real y efectivamente el derrocamiento de las tradicionales clases dominantes y la construcción de una nueva sociedad.

¿Quién, cuándo, de qué manera, aliado con quién?, fueron las preguntas que trazaron la divisoria de aguas en todos los ámbitos. También en el MSTM.

Siguiendo a Martín, podemos distinguir cinco períodos, que marcan el nacimiento, ascenso y desaparición del movimiento.

En el primero, entre octubre de 1967 y junio de 1970, nació y se consolidó el MSTM con sus tres primeros encuentros nacionales. El segundo, entre julio del 70 y noviembre del 72, fue el de la agudización de la polémica interna, fundamentalmente en torno a la cuestión del peronismo y acompañando el crecimiento de las tensiones en todo el país.

El período que sigue, hasta agosto del 73, fue el de la plena actuación política y comenzó con la reunión que Perón mantuvo con 60 sacerdotes del Tercer Mundo en su casa de Vicente López, el 6 de diciembre de 1972.

En agosto del 73 se celebró el VI Encuentro en San Antonio Arredondo, cuando la discusión acerca de si el peronismo impulsaba la revolución o la frenaba, fracturó definitivamente el Movimiento. El secretariado general pasó a manos de Osvaldo Catena, acompañado por el grupo de la ciudad de Santa Fe.

El movimiento no logró reunificarse, se profundizó su crisis y con el golpe del 24 de marzo de 1976 inició su etapa final, de retracción global y exilio.

Con posterioridad, muchos curas tercermundistas dejaron de serlo, por diversas causas, entre ellas por el hecho de casarse. En realidad, varios de ellos se habían casado ya, sin abandonar su estado clerical, al que consideraban su puesto de lucha.

Esto era mal visto por algunos y constituyó otro elemento de debate interno. Uno de los pocos obispos que toleró curas casados en su diócesis fue monseñor Angelelli.

Pero vale la pena una última apelación al prolijo trabajo de José Pablo Martín para desvirtuar la divulgada creencia de que al MSTM no lo dispersó la política sino el matrimonio.

Sobre 524 sacerdotes que llegaron a integrar el Movimiento, 351, o sea el 67 por ciento, permanecieron en estado eclesial en 1988, última fecha en que el citado autor consultó datos.

Oficialmente, la Iglesia calla sobre el destino de este grupo de 351 curas que fueron tercermundistas. Muchos de los que abandonaron los hábitos siguen siendo valiosos militantes de movimientos sociales, sinceros cristianos y también buenos padres de familia.

Lo cierto es que el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo ocupó por derecho propio un importante espacio en la constelación de fuerzas que lucharon en los 70 para construir una sociedad más justa.

Es el único ejemplo desde que los curas gauchos se jugaron por la guerra de la Independencia contra los españoles. El resto es, sobre todo, el rojo brillo de los capelos cardenalicios junto a los dorados entorchados militares y las pulidas galas de los civiles en los Te deums que unieron y siguen uniendo a los dueños del cielo y de la tierra.

Luis Ortolani


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