| El Clasismo |
Clasismo Sindical y Afianzamiento de una nueva composición política. La Nueva Vanguardia Obrera
El surgimiento del Clasismo a través de una dinámica sindical política y social de creciente enfrentamiento con la patronal. La acción de Sitrac y Sitram, de Smata y otros gremios que consolidaron un nuevo proceso que albergaría un nuevo sujeto histórico en su seno. En esta nota la delicada trama que dió un nuevo giro a la lucha obrera. El informe en revista incluye una entrevista con Gerardo Luna, ex gremialista del sindicato de trabajadores mecánicos de Córdoba y el testimonio de Cristian Rath, ex obrero de Thompson Ranco y militante de Política Obrera, hoy Partido Obrero.
Si bien el clasismo reconoce sus orígenes en políticas excluyentemente sindicales, habría de trascender muy pronto los marcos fabriles para proyectarse en la sociedad civil como una alternativa socialista revolucionaria. Prolongación directa del Cordobazo heredó su rebeldía obrera, sus métodos de acción directa y su enfrentamiento con la patronal. A lo que iba a sumar un carácter esencialmente antiburocrático y un virulento enfrentamiento con el estado y sus políticas. La consolidación de las diversas organizaciones armadas de la izquierda argentina FAP, FAR, Montoneros, ERP y FAL para esa época, así como el de un sinnúmero de organizaciones de izquierda marxista no puede explicarse sino es al calor y alimentadas por los nuevos aires que inspiraba el movimiento sindical surgido en las fabricas automotrices que Fiat poseía en Córdoba.
CONDICIONES DE TRABAJO, MARCO DEL ENFRENTAMIENTO
Ubicada en el complejo de Ferreyra, las fábricas de Fiat se convirtieron en el segundo centro de poder económico en Córdoba y constituyeron la segunda mayor concentración de capacidad manufacturera y mano de obra industrial de todo el interior argentino sólo superada por IKA. Envalentonada por su experiencia en Turín --donde había ganado una larga lucha contra la centra de trabajadores italianos la CGIL-- Fiat prohibió la actividad sindical en las plantas hasta 1958 (se había instalado en 1954). Sólo reconoció la actividad sindical cuando el gobierno de Frondizi aceptó la conformación de sindicatos por fábrica, verdadera excepción en la vida sindical nacional. Así nacieron el Sitrac (Sindicato de Trabajadores de Concord), Sitram (Sindicato de Trabajdores de Materfer) y SITRAGMD (Sindicato de Trabajadores de Grandes Motores Diesel), con personería gremial recién desde 1964.
Desde un comienzo Fiat articuló una política hostil hacia los trabajadores, procurando evitar toda influencia del sindicalismo nacional mientras implementaba un férreo ajuste de la disciplina fabril. No sería sino hasta comienzos de los 70 que Fiat habría de encarar los planes de modernización productiva y de racionalización que IKA primero y luego Renault habían iniciado varios años atrás, ante la amenaza que significaban las nuevas fábricas automotrices instaladas en Buenos Aires.
En realidad, Fiat había trasplantado al país la política laboral que desarrollaba en Italia. No sólo había descentralizado la producción en el país mudando las operaciones de montaje a El Palomar (Pcia. de Buenos Aires) y de producción de camiones y tractores a Sauce Viejo (Santa Fe), sino que mantuvo un sistema de producción cuyo ritmo se encontraba salvajemente atado a la velocidad de la máquina. Así estaba en operación el llamado acople de máquina mediante el cual se buscaba la máxima productividad laboral, independientemente de las presiones físicas y psíquicas que se imponían. Este método productivo suponía que las responsabilidades del operario en la línea no estaban referidas sólo a una máquina sino que se extendían, durante los tiempos muertos, a máquinas vecinas intensificando así el trabajo.
Paralelamente la empresa establecía los incentivos salariales como base de su sistema de remuneraciones. Esta modalidad, que otorgaba a todo un departamento y no a los trabajadores individuales un pago extra sobre la base del rendimiento, era toda una anomalía salarial en la década de los 60. A diferencia de Renault que asentó los aumentos de productividad en la racionalización de planta, Fiat procuró maximizar las ganancias sobre la reducción de los costos laborales. Las prácticas de remuneración --como el premio a la producción que asociaba los salarios a la productividad obrera, en una industria donde las formas standard de pago eran los salarios por hora o mensuales, dependiendo de la categoría-- eran solamente explicables por el carácter de sindicato único. El premio a la producción establecía metas revisadas mensual y a veces semanalmente, alcanzables sólo a ritmos de trabajo acelerados, mientras incentivaba las disputas y tensiones entre los obreros. Pero este sistema permitía a Fiat ajustar los costos de producción y laborales de acuerdo a las necesidades del mercado evitando con ello las rígidas escalas salariales.
Durante los primeros tiempos la empresa despidió con asombrosa rutina a los activistas de base sin importarle las tensiones que esta política generaba. Tal era su férreo control sobre los ritmos de producción y la asignación de las tareas. La dificultad de la dirigencia sindical para alcanzar continuidad en su tarea explica en parte la ausencia de los sindicatos de Ferreyra durante el Cordobazo considerados para esa época sindicatos "amarillos. Pero la descomposición sindical interna y la efervescencia social posterior al Cordobazo alentaron a los trabajadores a la construcción de un movimiento de recuperación sindical de características inéditas hasta ese momento que daría lugar al sindicalismo clasista.
En efecto, en marzo de 1970, los obreros de Fiat se rebelaron contra la "amarilla" conducción sindical, y en asamblea abierta en fábrica eligieron su nueva dirección. Pero no sería sino después de largas negociaciones con el Ministerio de Trabajo --tomas de fábrica con rehenes mediante que alcanzarían el reconocimiento de su personería gremial. Este proceso de construcción de una nueva dirección sindical --obtenida mediante métodos de acción directa-- no podría haberse alcanzado sin las condiciones político sociales específicas heredadas del Cordobazo. Los gobiernos provincial y nacional, atentos al desarrollo de las conversaciones con la empresa, temían por un rebrote insurreccional popular. De ahí que --a pesar suyo y de sucesivos embates contra la nueva dirigencia sindical-- presionaran a la empresa para alcanzar rápidos acuerdos. Los sindicatos de planta Sitrac y Sitram llevaron así, desde su surgimiento, una impronta profundamente democrática, esencialmente antiburocrática y una particular aversión a la empresa y al gobierno. El carácter antiburocrático, anticapitalista y antiestatal que asumiera es constitutivo al propio clasismo.
Este espíritu democrático se vió igualmente fortalecido por el hecho de que todos sus dirigentes conservaron su empleo en la fábrica. El desafío mayor del nuevo sindicato se condensaba en la modalidad de organización y nuevas condiciones de trabajo en las plantas De allí que al igual que ocurriera con el Smata posteriormente, bajo la influencia de los delegados clasistas, los conflictos en el lugar de trabajo alcanzaran particular relevancia.
Sin embargo el surgimiento del clasismo no puede pensarse sin incorporar el descrédito de la vieja dirigencia sindical peronista: desde el participacionismo con Onganía y el "golpear para negociar" del vandorismo, que fogonearon la crisis de una modalidad de liderazgo sindical que había inficionado los sindicatos con posterioridad a las luchas de fines de los 50.
NUEVA SUBJETIVIDAD OBRERA Y AUTONOMIA
Pero los sindicatos de planta no nacieron conscientemente clasistas ni contaban para esa época con el programa político que asumirían más adelante. Esas posiciones fueron alcanzadas como producto de una dinámica sindical política y social de creciente enfrentamiento con la patronal --que no cejó en su política de hostilización permanente hacia el sindicato--, con el ministerio de Trabajo que amenazaba constantemente con la intervención, y tras el distanciamiento de la dirigencia sindical peronista del Smata que siempre vio a los sindicatos de Fiat como una amenaza y cuyo silencio, ante las amenazas oficiales de pérdida de personería gremial, fomentó una mutua desconfianza. Este proceso fue portador de un cambio sustantivo en la relación capital-trabajo al interior de la fábrica. Mientras los capataces y encargados de turno modificaban su trato autoritario para con los obreros, estos iban adquiriendo seguridad en las respuestas y fuerza interna en sus reclamos.
A su vez las fuerzas de izquierda cordobesa constituyeron un factor de primer orden en el surgimiento y consolidación del clasismo. Su apropiación y reivindicación permanente del Cordobazo, a tono con los métodos de acción directa ejercidos por Sitrac y Sitram abría un canal natural de comunicación y penetración de las ideas socialistas y revolucionarias. Por lo demás la dirección del Smata había sido particularmente exitosa en el manejo de los conflictos laborales siempre que estos estuvieran focalizados en las condiciones salariales. Pero cuando el conflicto superaba esas disputas, sus limitaciones para cuestionar la autoridad empresarial al interior de la planta eran marcadas. En realidad como dirigencia siempre manifestó una posición vacilante ante la racionalización e intensificación del trabajo en la producción, mientras suprimía en la práctica toda reivindicación sobre la cogestión obrera. Este panorama permitió que la izquierda pudiera construir --junto con las bases de Fiat-- el programa sindical clasista a partir de los problemas que los trabajadores experimentaban en la planta.
De esta manera el clasismo modeló una nueva composición política. Reemplazó aquella noción extraída de la experiencia peronista que veía en el estado al motor del desarrollo nacional y el lugar donde los trabajadores demandaban sus deseos de justicia social, por el de la máquina represora y opresora representante del interés más general de la clase capitalista. Este carácter profundamente anti-estatal confluía con su acentuada oposición antipatronal, dinámica anticapitalista que suponía explícita o implícitamente una natural incompatibilidad con los intereses de la clase dominante. Era el sindicalismo el que se redefinía y con ello la composición política de la vanguardia obrera cordobesa. La batalla política trascendía la dirigencia sindical corrupta, traidora y burocrática para incorporar al Estado y la clase capitalista como contendientes particulares. En este emprendimiento el sindicato debía ampliar su rol de organizador y formar la conciencia de la clase trabajadora en tal perspectiva. El sindicato del calzado y la fábrica Perdriel en Córdoba primero; la dirigencia de PASA en Buenos Aires luego, habrían de continuar el camino iniciado por los sindicatos de Fiat. Más tarde, en 1972, le tocaría el turno al propio Smata cordobés.
El paro activo, la ocupación de planta y la toma de rehenes formaron parte no sólo de una apelación a la acción directa sino que expresaron igualmente el carácter anticapitalista de su accionar. Las formas y métodos de lucha desarrollados por el clasismo fueron francamente transgresores: sea bordeando la ilegalidad provocando al "orden" instituido, sea colocándose abiertamente fuera de la ley. Por lo demás, la tendencia a la movilización callejera significaba una clara tentativa para extender el conflicto fuera de la fábrica. La forma particular que adoptó la oposición obrero masa-capitalista prolongó la dinámica del enfrentamiento allende las fronteras fabriles. El crecimiento fordista, impulsado y trabado al mismo tiempo por el enfrentamiento entre los dos polos de la producción, construía una subjetividad obrera particular. Esta en su doble condición de fuerza de trabajo sometida al capital, y de sujeto autónomo contra el capital proyectaba esa ontología en la sociedad. El antagonismo obrero-capital trasladaba su enfrentamiento desde el proceso de producción al de la reproducción; de la fábrica a la sociedad. Un salto político cualitativo que alentaba la idea de que la vanguardia obrera surgida era capaz de avanzar en la disputa con el propio capitalismo. La experiencia recorrida por lo demás lo demostraba: si el Cordobazo había desplazado a Onganía del poder, el Viborazo había mandado al traste a su sucesor, Levingston. La afirmación y confianza en sus propias fuerzas modelará igualmente la respuesta que el sindicalismo clasista daría con posterioridad al GAN de Lanusse: "ni golpe ni elección, revolución". La recomposición política de la clase obrera no se operaba en el capital sino por fuera de él. La clase obrera alcanzaba su condición de tal en la lucha contra el capital. El clasismo mostraba, en clave thompsoniana, que la clase no lucha porque existe sino que existe porque lucha. El clasismo, desde las nuevas condiciones de subjetividad y autonomía permitía pensar nuevas relaciones sociales de producción y de distribución sin pasar por la relación del capital. Y en ese mismo acto el capital se despojaba de su velo progresista y se conformaba el sujeto histórico de la etapa.
Un particular perfil obrero, el obrero-masa fordista, una determinada estructura reivindicativa y un no menos singular método de lucha se combinaron para dar a luz el sujeto histórico de la etapa. El obrero clasista en este sentido constituyó la expresión directa de las contradicciones del proceso de reproducción capitalista.
Una de las mayores cualidades del clasismo fue, entonces, dotar a la clase obrera de una nueva ideología política que ampliaba y superaba el discurso político disponible. El clasismo demostró por lo demás su capacidad para articular un vasto espectro de reivindicaciones sociales y políticas que excedían la primaria aspiración de redefinción del papel del sindicalismo.
Y es que la estructura reivindicativa del clasismo ligada particularmente a las condiciones de trabajo fomentó paralelamente importantes lazos de solidaridad de clase presionando para la formación de un frente de lucha reivindicativo en la medida en que el fordismo avanzaba socializando sus métodos de producción.
Pero ello no eximió de que al calor del clasismo y la agitación de la base obrera se estructurara un espacio sindical donde los activistas y militantes de izquierda pudieran desarrollarse y alcanzar una influencia postergada desde hacía tiempo. Esta estrategia de acumulación política sólo podía asentarse en un proletariado joven fuera de toda dominación o manipulación por la burocracia sindical peronista. Así se fueron consolidando una variedad de grupos de izquierda marxista, peronistas revolucionarios y maoistas de distinto tipo, que alcanzaron influencia en importantes sectores del movimiento obrero cordobés.
Una última reflexión. La comparación de ese extraordinario florecimiento intelectual con la pobreza teórica y el formalismo académico que marcan hoy la reflexión científica de nuestra realidad causa perplejidad. Como perplejos quedamos también cuando confrontamos la originalidad y la libertad de creación propias de aquella época, con la subordinación del pensamiento contemporáneo al hegemónico pensamiento único. Esa reversión de tendencias, esa anemia de la capacidad creadora, esa vuelta a una suerte de colonialismo cultural reflejan en buena medida la fractura social, la marginalidad social y el estado de un movimiento de masas acorralado, que resiste a pesar de la brutal ofensiva capitalista de los 90.
César Altamira
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